Cuando el producto no marca la diferencia, lo hace la persona

Hay momentos en los que la experiencia del cliente no depende del precio, ni del diseño, ni siquiera del propio producto. Depende, simple y llanamente, del toque humano. De cómo te hablan, de cómo te entienden y de cómo te hacen sentir.

Pensemos en una escena muy cotidiana. Una plaza cualquiera de cualquier ciudad. Diez bares prácticamente iguales. Misma carta, precios similares, mismas mesas, mismo café. De esos diez, siete tienen estufas en la terraza y hoy hace cuatro grados, así que el frío ya filtra la decisión. De esos siete, cuatro además te ponen una tapa con la bebida. Todo bastante equilibrado… hasta que aparece el verdadero factor diferencial.

Solo en uno de esos bares el camarero es cercano, agradable, te mira a la cara, recuerda lo que sueles pedir, te recomienda algo nuevo y, además, sale él mismo a atenderte a la terraza para que no tengas que levantarte. No vende solo una cerveza o un café. Vende comodidad, confianza y una experiencia que hace que, la próxima vez, no te plantees entrar en otro sitio.

El producto es el mismo. El precio también. La diferencia es humana.

Y es que en muchos sectores, sobre todo cuando los productos son muy parecidos entre sí y no existe una ventaja clara y tangible, las relaciones humanas se convierten en el verdadero valor añadido. El trato agiliza procesos, evita fricciones y hace que todo fluya mejor. El contacto directo construye confianza y relaciones que duran más allá de una compra puntual. La relación humana mejora la percepción del producto, y en muchos casos, la experiencia y el conocimiento de la persona que atiende termina siendo, en sí mismo, el producto.

Ahora bien, la gran pregunta es inevitable: ¿qué pasa cuando llevamos todo esto al mundo online?

Porque en internet no hay camareros, ni miradas, ni recomendaciones al oído. O al menos, no de la forma tradicional. Y sin embargo, el reto es exactamente el mismo: cómo diferenciarse cuando todo parece igual.

La primera respuesta es clara: siendo real. El contenido excesivamente perfecto, el postureo constante, los vídeos milimétricamente editados y las fotos irreales han perdido fuerza. El usuario ya no busca perfección, busca autenticidad. Quiere ver el producto tal y como es, entender cómo se fabrica, conocer quién está detrás, ver errores, procesos y personas reales. No importa tanto la calidad técnica del contenido como la sensación de cercanía y verdad que transmite.

La segunda clave está en algo que muchas marcas han olvidado: la atención al cliente. El servicio posventa ya no es un extra, es parte de la experiencia. Y cada vez más personas rechazan hablar con máquinas, con sistemas automatizados o con inteligencias artificiales que no entienden el contexto ni el problema real. El cliente quiere explicar lo que le pasa con sus palabras, sin adaptarse a un guion, y que al otro lado haya alguien que escuche, comprenda y responda como una persona.

En un mundo cada vez más automatizado, el trato humano se está convirtiendo en un lujo. Y como todo lujo, aporta valor. Las marcas que entiendan esto no competirán solo por precio o por producto, competirán por vínculo, por confianza y por experiencia. Igual que ese bar de la plaza al que siempre volvemos, aunque haya otros nueve exactamente iguales alrededor.

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